El día 6 de diciembre de 1872 aparece la primera edición de la obra: El Gaucho Martín Fierro, debido a ello se festeja en esa fecha el Día Nacional del Gaucho.
Hacia el año 1600, aparecen en el Litoral los GAUDERIOS o CHANGADORES. Estos fueron los primeros gauchos. El ganado cimarrón tuvo mucho que ver, con la presencia del gaucho en estas tierras. En efecto, había por entonces en las desiertas llanuras pampeanas, miles de cabezas de vacas y caballos salvajes , sin dueños, denominados cimarrones. Y esos hombres que luego se llamaron gauchos empezaron a alejarse hacia la campaña donde podían subsistir sin mayor esfuerzo, pues con ese ganado de nadie satisfacían sus necesidades de sustento. Para comer bastaba con faenar un animal; lo demás lo brindaba la naturaleza : no les hacía falta nada más. De este modo empieza a dibujarse la imagen del gaucho libre , sin trabajo ni vivencia fija , recorre a caballo grandes distancias y duerme al descampado sobre su recado cuando lo sorprende la noche en la soledad de la llanura. Lleva una vida nómade y apartada de las ciudades. hacia 1661, el gaucho deambula de rancho en rancho (así se le decía a su rustica casa) , con sus infaltables lazos y facones , vestido con calzoncillos blancos , chiripá , poncho y sombrero. Tales prendas y los aperos de su caballo son los únicos bienes del gaucho , para quién la sociedad se reduce a la familia y a los compañeros de pulperias. Muchos pintores de la época sintieron la necesidad de retratarlos en distintas actitudes. En todos esos cuadros resulta admirable el porte del gaucho , luciendo sus calzoncillos amplios y con grandes bordados calados que asoman debajo del chiripá y que sujetan a su cintura con un cinto.
Del mismo modo, lo vemos trabajando en el corral, protegido por un poncho de lana de brillantes colores, que a veces usa recogiéndolo sobre el hombro a manera de capa , o enroscado en el brazo , como para pelear. Pero imaginémoslo también vestido de fiesta , luciendo con orgullo su chaleco abierto , prendido con dos botones , que deja ver los pliegues de la camisa ; o bien bailando un cielito , enfundado en la casaca corta que adornaba con botones de plata y con lujosa rastra en la cintura. Protegía su nuca con el pañuelo serenero que coronaba con un sombrero de copa alta. Esta es la figura que todos recordamos a través de dibujos y otras evocaciones gauchescas , pero hay diferencias entre la ropa que usaron los primeros gauchos y los de épocas posteriores , el chiripá reemplazó al primitivo pantalón corto de tipo andaluz y el tirador tachonado de monedas y patacones de plata , reemplazó al cinto.Por otra parte, el cuchillo , en lugar de usarse sujeto al costado izquierdo o adelante , se empezó a colocar sobre los riñones , enganchado al tirador , como lo llevan actualmente nuestros paisanos.
Su primitiva casa era un miserable refugio , pero a medida que se afinca , el gaucho levanta el rancho de paredes de barro y cubre la puerta con un cuero. Ese rancho pobre y pequeño que todos dibujamos en los primeros grados de la escuela. Como le bastaba matar una vaca o novillo para alimentarse , comía casi exclusivamente carne - asada y sin sal - , porque ésta era muy cara. Del animal sacrificado solo aprovechaba un trozo de carne y el cuero de las patas para hacerse un par de botas para canjearlo por yerba , galletas , etc.En la yerra enlazaba a la presa con verdadera maestría , bien afirmado sobre el recado , revoleaba el lazo con movimientos precisos y luego arrojaba en dirección del animal. Este quedaba aprisionado por la cuerda de cuero para que otro gaucho pudiese pialarlo , es decir , sujetarle las manos y voltearlo.También era hábil en el rodeo , que en esta época consistía enseparar animales para la compra y la venta o vigilar su estado.Con las boleadoras su puntería también era infalible , podía bolear un ñandú o un novillo a grandes distancias.
Las boleadoras , el lazo y el rebenque , junto con el cuchillo , fueron para el gaucho herramientas de trabajo y también armas. Y con el rebenque podía matar de un solo golpe. Nunca se separaba de él.A todo esto debemos agregar que el terreno no poseía secretos para el gaucho. En una sola ojeada reconocía una huella , o seguía un rumbo guiado por árboles o pastos. Se orientaba también por la posición de los astros o algunas aguadas , y su finísimo oído apoyado en la tierra lo ponía sobre aviso de la proximidad de los indios. Las diversiones :La taba , las carreras de caballos y de sortijas, las payadas, el pato, la riña de gallos, la caza de avestruces, los juegos de naipes, fueron todas diversiones de los gauchos.La pulpería era su principal centro de reunión y el lugar donde pasaban muchas horas probando su suerte en juegos de azar , mientras alguno punteaba en la guitarra un melancólico yaraví y otros se convidaban con aguardiente.
El pulpero atendía a sus clientes detrás de una fuerte reja , que dividía el negocio, porque a menudo había peleas y no era cuestión de que le destrozaran la mercadería.
Estos establecimientos eran también almacenes y tenían frente a la casa una cancha para el juego de carreras , que fue uno de los entretenimientos favoritos del gaucho.
En las carreras intervenían dos jinetes , que iban en camisa ,descalzos y con una vincha en la frente para sujetar el cabello.
Montaban en pelo a sus caballos y mientras los espectadores hacían sus apuestas se preparaban para la largada. A la orden de los jueces partían al galope a través de los 300 ó 400 metros , que debían recorrer. Las riñas de gallos fueron otro pasatiempo predilecto. En este juego se enfrentaba a dos gallos especialmente entrenados para la pelea y se los hacía luchar hasta que uno de ambos moría.
Aunque hoy nos desagrada la crueldad de esta diversión , los gauchos se entusiasmaban y eran capaces de apostar todo cuanto tenían.
(1834 - 1886) Nació en los caseríos de Perdriel, en la Chacra de su Tío Don Juan Martín de Pueyrredón, el 10 de noviembre de 1834, durante el gobierno de Don Juan Manuel de Rosas. Educado en el Liceo de San Telmo, en 1846 fue llevado por su padre al sur de la provincia de Buenos Aires, donde se familiarizó con las faenas rurales y las costumbres del gaucho. La lucha política caracterizó su vida. En 1858, junto con varios opositores al gobierno de Alsina emigró a Paraná, intervino en la Batalla de Cepeda y también en la de Pavón en el bando de Urquiza. Inició su labor periodística en el Nacional Argentino, con una serie de artículos en los que condenaba el asesinato de Vicente Peñaloza, publicados como libro en 1863, bajo el título de Vida del Gaucho. En 1868 editó el diario El Eco de de la segunda parte, "cuatro palabras de conversación con los lectores", abunda en la filosofía de la obra. También es interesante los comentarios de Miguel Cane, sobre la obra. Corrientes y un año más tarde En el Río de la Plata, donde publicó artículos referidos a la cuestión del gaucho y de la tierra, la política de fronteras y el indio, temas que articularía literariamente en el Martín Fierro. Participó en el levantamiento del Coronel López Jordán contra el gobierno de Sarmiento en Entre Ríos, y de regreso a Buenos Aires, en el Gran Hotel Argentino de 25 de mayo y Rivadavia, terminó de escribir El Gaucho Martín Fierro, editado en diciembre de 1872, por la imprenta La Pampa. Tras su onceava edición, en 1879 publicó La Vuelta de Martín Fierro. Fue diputado provincial y en 1880, siendo presidente de la Cámara de Diputados, defendió el proyecto de federalización, por el cual Buenos Aires pasó a ser la capital del país. En 1881 escribió Instrucción del estanciero y fue elegido senador provincial, cargo para el cual fue reelecto hasta 1885. El 21 de octubre de 1886 falleció en su quinta de Belgrano. (Diccionario De la Literatura Argentina)
Martín Fierro Fragmento
II. Ayer y hoy
20 Ninguno me hable de penas, porque yo penado vivo, y naides se muestre altivo aunque en el estribo esté: que suele quedarse a pie el gaucho mas alvertido.
21 Junta esperencia en la vida hasta pa dar y prestar quien la tiene que pasar entre sufrimiento y llanto, porque nada enseña tanto como el sufrir y el llorar.
22 Viene el hombre ciego al mundo, cuartiándolo la esperanza, y a poco andar ya lo alcanzan las desgracias a empujones, ¡la pucha, que trae liciones el tiempo con sus mudanzas!
23 Yo he conocido esta tierra en que el paisano vivía y su ranchito tenía y sus hijos y mujer… era una delicia el ver como pasaba sus días.
24 Entonces… cuando el lucero brillaba en el cielo santo, y los gallos con su canto nos decían que el día llegaba, a la cocina rumbiaba el gaucho… que un encanto.
25 Y sentao junto al jogón a esperar que venga el día, al cimarrón le prendía hasta ponerse rechoncho, mientras su china dormía tapadita con su poncho.
26 Y apenas la madrugada empezaba coloriar, los pájaros a cantar, y las gallinas a apiarse, era cosa de largarse cada cual a trabajar.
27 Este se ata las espuelas, se sale el otro cantando, uno busca un pellón blando, este un lazo, otro un rebenque, y los pingos relinchando los llaman dende el palenque.
28 El que era pion domador enderezaba al corral, ande estaba el animal bufidos que se las pela … y más malo que su agüela, se hacia astillas el bagual. 29 Y allí el gaucho inteligente, en cuanto el potro enriendó, los cueros le acomodó y se le sentó en seguida, que el hombre muestra en la vida la astucia que Dios le dio.
30 Y en las playas corcoviando pedazos se hacía el sotreta mientras él por las paletas le jugaba las lloronas, y al ruido de las caronas salía haciendo gambetas.
31 ¡Ah, tiempos!… ¡Si era un orgullo ver jinetear un paisano! Cuando era gaucho baquiano, aunque el potro se boliase, no había uno que no parese con el cabresto en la mano.
32 Y mientras domaban unos, otros al campo salían y la hacienda recogían, las manadas repuntaban, y ansí sin sentir pasaban entretenidos el día.
33 Y verlos al cair la tarde en la cocina riunidos, con el juego bien prendido y mil cosas que contar, platicar muy divertidos hasta después de cenar.
34 Y con el buche bien lleno era cosa superior irse en brazos del amor a dormir como la gente, pa empezar el día siguiente las fainas del día anterior.
35 Ricuerdo ¡qué maravilla! Cómo andaba la gauchada siempre alegre y bien montada y dispuesta pa el trabajo… pero hoy en día… ¡barajo! No se la ve de aporriada.
36 El gaucho más infeliz tenía tropilla de un pelo, no le faltaba un consuelo y andaba la gente lista… teniendo al campo la vista, sólo vía hacienda y cielo.
37 Cuando llegaban las yerras, ¡cosa que daba calor! Tanto gaucho pialador y tironiador sin yel. ¡Ah, tiempos… pero si en él se ha visto tanto primor!
38 Aquello no era trabajo, mas bien era una junción, y después de un güen tirón en que uno se daba mana, pa darle un trago de cana solía llamarlo el patrón. 39 Pues vivía la mamajuana siempre bajo la carreta, y aquel que no era chancleta, en cuanto el goyete vía, sin miedo se le prendía como güérfano a la teta.
40 ¡Y qué jugadas se armaban cuando estábamos riunidos! Siempre íbamos prevenidos, pues en tales ocasiones a ayudarle a los piones caiban muchos comedidos.
41 Eran los días del apuro y alboroto pa el hembraje, pa preparar los potajes y osequiar bien a la gente, y así, pues, muy grandemente, pasaba siempre el gauchaje.
42 Vení, a la carne con cuero, la sabrosa carbonada, mazamorra pien pisada, los pasteles y el güen vino… pero ha querido el destino que todo aquello acabara.
43 Estaba el gaucho en su pago con toda siguridá, pero aura… ¡barbaridá!, La cosa anda tan fruncida, que gasta el pobre la vida en juir de la autoridá.
44 Pues si usté pisa en su rancho y si el alcalde lo sabe, lo caza lo mesmo que ave aunque su mujer aborte… ¡no hay tiempo que no se acabe ni tiento que no se corte!.
45 Y al punto dese por muerto si el alcalde lo bolea, pues ahí nomás se le apea con una felpa de palos; Y después dicen que es malo el gaucho si los pelea.
46 Y el lomo le hinchan a golpes, y le rompen la cabeza, y luego con ligereza, ansí lastimao y todo, lo amarran codo a codo y pa el cepo lo enderiezan.
47 Áhi comienzan sus desgracias, áhi principia el pericón, porque ya no hay salvación, y que usté quiera o no quiera, lo mandan a la frontera o lo echan a un batallón.
48 Ansí empezaron mis males lo mesmo que los de tantos; si gustan… en otros cantos les diré lo que he sufrido, después que uno está… perdido no lo salvan ni los santos.
Un amigo
Alfredo Dornheim Universidad Nacional de Cuyo. Notas: (1) Compárese de aquí en más la bibliografía de Madaline Wallis Nichols, El gaucho, Buenos Aires. 1953, págs. 115-219 [Texto gentileza de El Escarmiento de Domingo Arcomano]
En el significado etimológico de la palabra ‘gaucho’ se nos aparecen las primeras dificultades en el camino. Raíces francesas, árabes, españolas o indígenas sirven para la explicación. De todas las explicaciones, la más aceptable, la de Robert Lehmann-Nitzsche, un literato alemán que trabajó por muchos años en Argentina, es la que expuso en su artículo “Das Wort gaucho” ["La palabra gaucho"] en el Bundeskalender 1929 de la Unión Alemana para Argentina, así como en el tomo aún no publicado de homenaje, dedicado O leite de Vasconcellos, y que proviene de una palabra ibero-gitana gachó, que fue tomada de un estadio intermedio *gaudshó ‘ajeno a la raza’ llevó al gaúdsho andaluz, que luego apareció en el Plata a fines del siglo 18 como gaucho con el significado de “bandido que vagabundea”.
¿Fue por lo tanto el gaucho en sus comienzos o al menos en los tiempos en que esta palabra fue acuñada, un ladrón y bandido vagabundo?
De ningún modo.
Al principio en primer lugar fue el hombre que con el arado de madera en la mano o sobre el lomo del caballo comenzó a colonizar hace más de doscientos años las extensas llanuras y estepas en el este o en las regiones montañosas del noroeste de Argentina, quien desde comienzos del siglo 19 defendió tenazmente al país contra los enemigos externos e internos hasta que se logró la independencia y soberanía política y quien, en sentido étnico, se había moldeado de los conquistadores españoles de los tiempos de la conquista y de la colonización en permanente contacto con la población autóctona indígena de su entorno. Las guerras civiles de varias décadas y las campañas militares contra los indígenas -que perduraron aún hasta aproximadamente 1870- contribuyeron a “desmoralizar” de hecho al gaucho, como escribió nuestro informe alemán del año 1851.
El gaucho había sido en primer lugar un soldado por naturaleza, pero lleno de ideales humanos y políticos, que daba todo de sí por la libertad personal o la de su país y se sacrificaba incondicionalmente. Y cuando se creó la palabra ‘gaucho’ en El Plata, es decir, en la zona de Buenos Aires, me parece más que probable que fuera pronunciada primero en aquellos círculos patricios españoles de la capital que en aquella época aún podían defender con éxito su propio poder frente a los movimientos independentistas de los insurrectos con conciencia nacional. Para el parecer de aquéllos, los gauchos eran precisamente “bandidos vagabundos” que sin hogar y sin patria agitaban constantemente al país. Aun hoy la locución popular ‘andar gauchando’ - ‘vagar sin rumbo y sin un domicilio fijo’- recuerda esta situación a la que el gaucho efectivamente estaba expuesto en su estilo de vida exterior. Y queda claro que la palabra ‘gaucho’ también fue utilizada entonces en las primeras décadas del siglo diecinueve por los ciudadanos cosmopolitas de Buenos Aires, jacobinos, formados en la Revolución Francesa, con pensamiento europeo y actuaban de forma intelectual enciclopedista, en una interpretación conscientemente despectiva, en especial cuando aquellos hombres intentaban defender en vano la forma de gobierno centralista o unitaria frente a las corrientes federalistas de las fuerzas patriarcales, tradicionales e irracionales de las provincias y, con ello, también contra la masa de los gauchos. Pero, - también aquí se dan paralelos en la historia-, el mote se convirtió rápidamente en una denominación honrosa. El hombre de campo y ganadero luchador -estuviera del lado de la capital o de las provincias- portó con orgullo su denominación‘gaucho’ -como el general gaucho argentino Güemes y sus hombres-, porque recién con esta denominación tomaba conciencia de sí mismo y de su comunidad social, de una clase que en el proceso de formación de la Nación argentina sería de mucha importancia.
Y luego, cuando el gaucho hubo cumplido su tarea, cuando ya estaba consagrado a la muerte como fenómeno social y debió ceder su lugar al criollo de la historia argentina moderna, su imagen resurgió en los vivos colores de la poesía épica y dramática argentina, y en esta poesía se grabó también en el sentido más literal la imagen “definitiva” del gaucho, ya no como representante de una época pasada sino para valer eternamente como arquetipo de la ‘argentinidad’, de la forma de ser argentina en sus formas ideales.
Es confusa la cantidad de obras y ensayos que se ocupan del gaucho como figura literaria. En su 13° año, sólo el Archivo Iberoamericano de abril de 1939 menciona 806 publicaciones que en el sentido lírico, épico o dramático pertenecen a la literatura gauchesca o que asumen una posición crítica respecto a esta literatura (1). Por supuesto que con ello ni remotamente es agotada la bibliografía gauchesca más antigua. Sería imposible dedicarse aquí a esta bibliografía, pero permítanme al menos de pasada reseñar algunas de las obras más importantes de los tiempos más recientes:
Mientras que el libro “Las Corrientes Literarias en la América Hispánica” de Pedro Henríquez Ureña, aparecido en el Fondo de Cultura Económica, Méjico- Buenos Aires, 1949, ofrece un pantallazo corto de orientación general, los dos primeros tomos de la gran historia de la literatura argentina (Historia de la Literatura Argentina) de Ricardo Rojas -última edición Buenos Aires 1948- pueden ser considerados como una descripción exhaustiva de toda la literatura gauchesca, que relaciona el desarrollo histórico de una época literaria con sus contextos geográficos, nacionales y lingüísticos, y que no concibe al gaucho como un fenómeno racial en el sentido materialista, sino como un prototipo ideológico que desarrolló un estado de ánimo propio en el hábitat del paisaje argentino, que reflejó sin par en las obras de su poesía. En la Colección de Textos Literarios, Buenos Aires 1945, 2 edición, Eleuterio P. Tiscornia interpreta con precisión filológica las obras de los tres primeros autores importantes de la literatura gauchesca: Bartolomé Hidalgo, Hilario Ascasubi y Estanislao Del Campo, mientras que en su obra de dos tomos “Muerte y Transfiguración de Martín Fierro”, Méjico-Buenos Aires 1948, Ezequiel Martínez Estrada interpreta la principal figura de la última y más importante epopeya gauchesca de José Hernández a partir de la gran relación entre el hombre argentino y el paisaje argentino, y con ello ofrece una especie de radiografía histórico-morfológica que en sus trazos esenciales es sin embargo una denuncia de la argentinidad actual.
Un decisivo paso adelante en la interpretación de la figura del gaucho y de su obra representativa, precisamente del Martín Fierro de Hernández, lo dio asimismo, finalmente, el libro del filósofo bonaerense Carlos Astrada, El Mito Gaucho. Martín Fierro y el Hombre Argentino, Buenos Aires 1948, que en su mejor creación literaria pone al gaucho en el desarrollo de contextos indispensables de la psicología social e historia de las ideas, circunscribe estos contextos al ‘paisaje mítico’ argentino y caracteriza desde esta situación el arquetipo del hombre argentino, que nació en el suelo originario de la figura del gaucho y que a futuro determinará el semblante ideológico- espiritual de la Nación argentina.
En su libro “En Torno a José Hernández”, el escritor español José Martínez Ruiz, “Azorín”, a pesar de toda la originalidad lírica de su forma de pensar y de describir, había identificado antiguamente las profundas conexiones entre lenguaje artístico y lenguaje popular, entre poesía artística y poesía popular, entre el Martín Fierro y sus fuentes ideológicas y naturales desde el punto de vista iberoeuropeo. En su libro, Astrada sigue estas fuentes desde el punto de vista sudamericano, pero trasunta la sustancia viva del Martín Fierro del ámbito de la percepción puramente estética de Azorín a la de la ‘realidad mítica’, una apreciación ‘moderna’ que encuentra sus modelos en la psicología de Jung, en la investigación mitológica del científico en religiones Karl Kerényi, y en la obra épica de Thomas Mann (…)
(…) Desde su aparición en el año 1872, del Martín Fierro emanó un fuerte impulso ontológico, lo que precisamente es destacado hoy siempre de nuevo por la crítica, como por ejemplo lo expresa el filósofo argentino Carlos Astrada en su libro El Mito Gaucho: “Someterse a la ley del propio destino sin traicionarlo y transformarlo, es la mayor exigencia tanto del individuo como de la humanidad, cuando éstos son concientes de su envío y están decididos a concretar el programa de su vida que presupone su simple existencia histórica. En este sentido el inteligente requerimiento de Martín Fierro es una exhortación a los argentinos que nos es transmitido como un gran ejemplo, que satisface absolutamente esta ley en cada uno de sus actos así como en la totalidad de su comportamiento”. Y en este sentido podemos interpretar también las palabras de Martín Fierro, que lo acompañan en todos sus caminos: “…firme en mi camino
hasta el fin he de seguir:
todos tienen que cumplir
con la ley de su destino.”
Sopla algo del espíritu de Karl Moor de “Die Rüuber” de Schiller en esta obra. Podría intentarse aplicar las palabras que Schiller escribió 90 años antes de la aparición del poema épico de Hernández y su conocida introducción a los Rduber a la figura de Martín Fierro: “Conceptos erróneos” -escribe Schiller-, “Conceptos erróneos de obrar e influencia, una magnitud de fuerza que desborda toda ley naturalmente debían frustrarse con las conductas burguesas, y a estos sueños entusiastas de grandeza y eficacia sólo se le podía unir la amargura frente al mundo no ideal, así acabó el singular Don Qujjote, a quien detestamos y amamos, admiramos y compadecemos en el ladrón Moor”.
Si Martín Fierro representa en los hechos una especie de figura de Karl Moor, que debido a un orden superior y a un derecho superior se coloca fuera de las leyes humanas y desafía al mundo “no ideal”. Un “soñado” en el sentido del héroe de Schiller ciertamente no es. Tampoco tiene falsos conceptos de obrar e influencia sino ideas muy reales y sanas de orden social y legal. Su vida tampoco se frustra como la de Karl Moor, en “comportamientos burgueses” conservados por siglos, porque estos “comportamientos burgueses” ni siquiera existen en su ambiente. Contra lo que se dirige es contra la aplicación incorrecta y arbitraria de las leyes, que en la organización de un País naciente lesiona las leyes fundamentales naturales del hombre y lo pone en manos de una burocracia que no creció en el propio suelo. Y Martín Fierro no sólo se defiende de algo que constituye una injusticia sino que lucha por algo que aún no está, que alguna vez será. Su vida no es rebelión contra un orden tradicional sino que es una víctima de la falta de orden que surgió de la colisión de dos mundos. Y mientras que el ladrón Moor reconoce al término de su vida “que dos personas, como él, arruinan y dirigen toda la estructura del mundo de las costumbres, como Moor desde esta perspectiva se presenta ante los tribunales, el gaucho Martín Fierro, a pesar de todos los avatares de su destino, mantiene su fe en la victoria de su justicia. Pero no lucha en vano contra los molinos de viento porque él cree en ello, que éstos caerán por sí solos como sacrificio del tiempo. Del mismo modo que sus hijos y el hijo de su amigo Cruz, desaparece al final del poema épico en el infinito de la pampa, del paisaje argentino: “Después de los cuatro vientos
los cuatro se dirigieron.
Una promesa se les dieron
que todos debían cumplir;
mas no la puedo decir,
pues secreto prometieron.”
Considero que en estos versos radica la diferencia fundamental con la figura de Karl Moor de Schiller. El ladrón Moor sabe que violó los órdenes de su mundo y él mismo se sujeta a las leyes morales de este mundo. El Gaucho Martín Fierro, sin embargo, le da la espalda al ‘orden’ sin ley de la capital en la conciencia de que la culpa que él carga no es la propia. Su ‘paisaje mítico’, la pampa, lo acoge bondadoso nuevamente. Retorna allí de donde vino, se identifica con el paisaje al que pertenece orgánicamente, que constituye una parte de su esencia y de su ser, y que un día deberá construir el futuro de su país y será. Su época aún no está madura para el orden de hombres libres. Así lleva su legado y, a través de sus hijos, los consejos que les transmite, de vuelta a la silenciosa inmensidad de su país y le confía a este país su “promesa”, su “secreto” que el futuro algún día descubrirá y realizará. Con este obrar de lo más poético y simbólico de Martín Fierro termina la obra. Un velo cubre el destino de este gaucho y de su clase. Esparcido sobre el suelo originario de su país, se convierte en la simiente de un nuevo futuro.
Y en los hechos, cuando Hernández escribió su Martín Fierro, el gaucho como tipo histórico social estaba por desaparecer, no tan perseguido como una persona que era peligrosa para el orden, sino como representantes de una raza inferior que vivía en el interior del país y era despreciado en el mundo cultural europeo de la capital Buenos Aires. Pero sin embargo permaneció vivo en su literatura, y de la poesía épica pasó a la poesía dramática y en especial a la novela de su país y de su continente. Desde el comienzo de la primera Guerra Mundial la crítica reconoció la importancia del gaucho y de su literatura, del gaucho no como individualidad, como quisiera parecer, no como persona con aspiraciones espirituales o teóricas superiores sino como una persona cuya filosofía se constituye modesta y sencillamente de reglas de experiencia prácticas, que encomienda su futuro a la voluntad divina y que sólo conoce el fin de vivir según su propia naturaleza con dignidad dentro de una comunidad social que satisfaga su esencia, la de un hombre de carácter auténticamente sudamericano.
Lo típicamente sudamericano de esta literatura gauchesca es sin embargo aquella relación peculiar de naturaleza y espíritu, aquella síntesis de naturaleza originaria y un mundo fuertemente limitado en lo espiritual religioso, de paisaje americano y en sus bases de espiritualidad íbero-europea. Eso se vuelve especialmente notorio cuando comparamos alMartín Fierro con sus antecesores épicos. Porque en el Martín Fierro se atraviesa la imagen concreta natural de una cultura argentina temprana de forma distintamente fuerte de contenidos concientes éticos-espirituales que en las obras de Hidalgo, Ascasubi y Del Campo. Y así podemos formular nuestro interrogante, planteado anteriormente, acerca del parentesco de esencia y elección con el mundo de Goethe en el sentido de que en esta literatura argentina se repite la misma esencia clásica orgánica que era propia del humanismo de Goethe, y que en esta fuerza vital espiritual-natural de esta literatura podría revivir la cultura griega clásica con contenidos nuevos, originales. ¿O se trata aquí simplemente de una estructura de sentido general que se encuentra siempre al principio, clásica naif, de un grado de desarrollo necesario de la historia cultural, que apareció en la literatura popular argentina del siglo 19 y que hoy en día ya puede verse superada, así como el clasicismo europeo fue reemplazado por tendencias estilísticas modernas?
Sólo queremos formular esta pregunta que otros interpretaron en el sentido de un helenismo futuro sudamericano (véase Víctor Frankl, Goethe e Hispanoamérica; en Revista de las Indias, Num. 110, Bogotá, Julio-Septiembre 1949, p. 208-209), no responderla unívocamente. Pero queremos reconocer de ello que también la literatura gauchesca ocupa un lugar eminentemente importante en la estructuración y desarrollo cultural que recorrió la Nación argentina en los 143 años de su surgimiento.
Damas y caballeros: Se cerró el círculo que condujo de la Enciclopedia alemana del año 1851 a la interpretación del gaucho por Carlos Astrada en el año 1948. Una cadena del desarrollo resurgió ante nuestro ojo intelectual no sólo un desarrollo de la literatura gauchesca misma, partiendo de lo originario, de lo concreto primitivo de este mundo, avanzó hasta las últimas profundidades ideológicas y espirituales de concepciones y formas de expresión poéticas, precisamente de los contenidos originarios psíquico míticos, sino también un desarrollo de la crítica literaria, de una crítica que buscó estas capas profundas del espíritu del gaucho y las utilizó ejemplarmente para la propia imagen del mundo y esencia de la argentinidad. Y esto es lo que les quería mostrar especialmente en mis intervenciones.
Día Nacional del Gaucho
El día 6 de diciembre de 1872 aparece la primera edición de la obra: El Gaucho Martín Fierro, debido a ello se festeja en esa fecha el Día Nacional del Gaucho.Hacia el año 1600, aparecen en el Litoral los GAUDERIOS o CHANGADORES. Estos fueron los primeros gauchos. El ganado cimarrón tuvo mucho que ver, con la presencia del gaucho en estas tierras. En efecto, había por entonces en las desiertas llanuras pampeanas, miles de cabezas de vacas y caballos salvajes , sin dueños, denominados cimarrones. Y esos hombres que luego se llamaron gauchos empezaron a alejarse hacia la campaña donde podían subsistir sin mayor esfuerzo, pues con ese ganado de nadie satisfacían sus necesidades de sustento. Para comer bastaba con faenar un animal; lo demás lo brindaba la naturaleza : no les hacía falta nada más. De este modo empieza a dibujarse la imagen del gaucho libre , sin trabajo ni vivencia fija , recorre a caballo grandes distancias y duerme al descampado sobre su recado cuando lo sorprende la noche en la soledad de la llanura. Lleva una vida nómade y apartada de las ciudades.
hacia 1661, el gaucho deambula de rancho en rancho (así se le decía a su rustica casa) , con sus infaltables lazos y facones , vestido con calzoncillos blancos , chiripá , poncho y sombrero. Tales prendas y los aperos de su caballo son los únicos bienes del gaucho , para quién la sociedad se reduce a la familia y a los compañeros de pulperias.
Muchos pintores de la época sintieron la necesidad de retratarlos en distintas actitudes. En todos esos cuadros resulta admirable el porte del gaucho , luciendo sus calzoncillos amplios y con grandes bordados calados que asoman debajo del chiripá y que sujetan a su cintura con un cinto.
Del mismo modo, lo vemos trabajando en el corral, protegido por un poncho de lana de brillantes colores, que a veces usa recogiéndolo sobre el hombro a manera de capa , o enroscado en el brazo , como para pelear.
Pero imaginémoslo también vestido de fiesta , luciendo con orgullo su chaleco abierto , prendido con dos botones , que deja ver los pliegues de la camisa ; o bien bailando un cielito , enfundado en la casaca corta que adornaba con botones de plata y con lujosa rastra en la cintura. Protegía su nuca con el pañuelo serenero que coronaba con un sombrero de copa alta. Esta es la figura que todos recordamos a través de dibujos y otras evocaciones gauchescas , pero hay diferencias entre la ropa que usaron los primeros gauchos y los de épocas posteriores , el chiripá reemplazó al primitivo pantalón corto de tipo andaluz y el tirador tachonado de monedas y patacones de plata , reemplazó al cinto.Por otra parte, el cuchillo , en lugar de usarse sujeto al costado izquierdo o adelante , se empezó a colocar sobre los riñones , enganchado al tirador , como lo llevan actualmente nuestros paisanos.
Su primitiva casa era un miserable refugio , pero a medida que se afinca , el gaucho levanta el rancho de paredes de barro y cubre la puerta con un cuero. Ese rancho pobre y pequeño que todos dibujamos en los primeros grados de la escuela. Como le bastaba matar una vaca o novillo para alimentarse , comía casi exclusivamente carne - asada y sin sal - , porque ésta era muy cara. Del animal sacrificado solo aprovechaba un trozo de carne y el cuero de las patas para hacerse un par de botas para canjearlo por yerba , galletas , etc.En la yerra enlazaba a la presa con verdadera maestría , bien afirmado sobre el recado , revoleaba el lazo con movimientos precisos y luego arrojaba en dirección del animal. Este quedaba aprisionado por la cuerda de cuero para que otro gaucho pudiese pialarlo , es decir , sujetarle las manos y voltearlo.También era hábil en el rodeo , que en esta época consistía enseparar animales para la compra y la venta o vigilar su estado.Con las boleadoras su puntería también era infalible , podía bolear un ñandú o un novillo a grandes distancias.
Las boleadoras , el lazo y el rebenque , junto con el cuchillo , fueron para el gaucho herramientas de trabajo y también armas.
Y con el rebenque podía matar de un solo golpe. Nunca se separaba de él.A todo esto debemos agregar que el terreno no poseía secretos para el gaucho. En una sola ojeada reconocía una huella , o seguía un rumbo guiado por árboles o pastos. Se orientaba también por la posición de los astros o algunas aguadas , y su finísimo oído apoyado en la tierra lo ponía sobre aviso de la proximidad de los indios. Las diversiones :La taba , las carreras de caballos y de sortijas, las payadas, el pato, la riña de gallos, la caza de avestruces, los juegos de naipes, fueron todas diversiones de los gauchos.La pulpería era su principal centro de reunión y el lugar donde pasaban muchas horas probando su suerte en juegos de azar , mientras alguno punteaba en la guitarra un melancólico yaraví y otros se convidaban con aguardiente.
El pulpero atendía a sus clientes detrás de una fuerte reja , que dividía el negocio, porque a menudo había peleas y no era cuestión de que le destrozaran la mercadería.
Estos establecimientos eran también almacenes y tenían frente a la casa una cancha para el juego de carreras , que fue uno de los entretenimientos favoritos del gaucho.
En las carreras intervenían dos jinetes , que iban en camisa ,descalzos y con una vincha en la frente para sujetar el cabello.
Montaban en pelo a sus caballos y mientras los espectadores hacían sus apuestas se preparaban para la largada. A la orden de los jueces partían al galope a través de los 300 ó 400 metros , que debían recorrer. Las riñas de gallos fueron otro pasatiempo predilecto. En este juego se enfrentaba a dos gallos especialmente entrenados para la pelea y se los hacía luchar hasta que uno de ambos moría.
Aunque hoy nos desagrada la crueldad de esta diversión , los gauchos se entusiasmaban y eran capaces de apostar todo cuanto tenían.
Biografía de José Hernández
Fuente:
http://www.los-poetas.com/c/bioher.htm
JOSÉ HERNÁNDEZ
(1834 - 1886)
Nació en los caseríos de Perdriel, en la Chacra de su Tío Don Juan Martín de Pueyrredón, el 10 de noviembre de 1834, durante el gobierno de Don Juan Manuel de Rosas. Educado en el Liceo de San Telmo, en 1846 fue llevado por su padre al sur de la provincia de Buenos Aires, donde se familiarizó con las faenas rurales y las costumbres del gaucho.
La lucha política caracterizó su vida. En 1858, junto con varios opositores al gobierno de Alsina emigró a Paraná, intervino en la Batalla de Cepeda y también en la de Pavón en el bando de Urquiza. Inició su labor periodística en el Nacional Argentino, con una serie de artículos en los que condenaba el asesinato de Vicente Peñaloza, publicados como libro en 1863, bajo el título de Vida del Gaucho. En 1868 editó el diario El Eco de de la segunda parte, "cuatro palabras de conversación con los lectores", abunda en la filosofía de la obra. También es interesante los comentarios de Miguel Cane, sobre la obra.
Corrientes y un año más tarde En el Río de la Plata, donde publicó artículos referidos a la cuestión del gaucho y de la tierra, la política de fronteras y el indio, temas que articularía literariamente en el Martín Fierro.
Participó en el levantamiento del Coronel López Jordán contra el gobierno de Sarmiento en Entre Ríos, y de regreso a Buenos Aires, en el Gran Hotel Argentino de 25 de mayo y Rivadavia, terminó de escribir El Gaucho Martín Fierro, editado en diciembre de 1872, por la imprenta La Pampa. Tras su onceava edición, en 1879 publicó La Vuelta de Martín Fierro. Fue diputado provincial y en 1880, siendo presidente de la Cámara de Diputados, defendió el proyecto de federalización, por el cual Buenos Aires pasó a ser la capital del país. En 1881 escribió Instrucción del estanciero y fue elegido senador provincial, cargo para el cual fue reelecto hasta 1885. El 21 de octubre de 1886 falleció en su quinta de Belgrano.
(Diccionario De la Literatura Argentina)
Martín Fierro
Fragmento
II. Ayer y hoy
20
Ninguno me hable de penas,
porque yo penado vivo,
y naides se muestre altivo
aunque en el estribo esté:
que suele quedarse a pie
el gaucho mas alvertido.
21
Junta esperencia en la vida
hasta pa dar y prestar
quien la tiene que pasar
entre sufrimiento y llanto,
porque nada enseña tanto
como el sufrir y el llorar.
22
Viene el hombre ciego al mundo,
cuartiándolo la esperanza,
y a poco andar ya lo alcanzan
las desgracias a empujones,
¡la pucha, que trae liciones
el tiempo con sus mudanzas!
23
Yo he conocido esta tierra
en que el paisano vivía
y su ranchito tenía
y sus hijos y mujer…
era una delicia el ver
como pasaba sus días.
24
Entonces… cuando el lucero
brillaba en el cielo santo,
y los gallos con su canto
nos decían que el día llegaba,
a la cocina rumbiaba
el gaucho… que un encanto.
25
Y sentao junto al jogón
a esperar que venga el día,
al cimarrón le prendía
hasta ponerse rechoncho,
mientras su china dormía
tapadita con su poncho.
26
Y apenas la madrugada
empezaba coloriar,
los pájaros a cantar,
y las gallinas a apiarse,
era cosa de largarse
cada cual a trabajar.
27
Este se ata las espuelas,
se sale el otro cantando,
uno busca un pellón blando,
este un lazo, otro un rebenque,
y los pingos relinchando
los llaman dende el palenque.
28
El que era pion domador
enderezaba al corral,
ande estaba el animal
bufidos que se las pela …
y más malo que su agüela,
se hacia astillas el bagual.
29
Y allí el gaucho inteligente,
en cuanto el potro enriendó,
los cueros le acomodó
y se le sentó en seguida,
que el hombre muestra en la vida
la astucia que Dios le dio.
30
Y en las playas corcoviando
pedazos se hacía el sotreta
mientras él por las paletas
le jugaba las lloronas,
y al ruido de las caronas
salía haciendo gambetas.
31
¡Ah, tiempos!… ¡Si era un orgullo
ver jinetear un paisano!
Cuando era gaucho baquiano,
aunque el potro se boliase,
no había uno que no parese
con el cabresto en la mano.
32
Y mientras domaban unos,
otros al campo salían
y la hacienda recogían,
las manadas repuntaban,
y ansí sin sentir pasaban
entretenidos el día.
33
Y verlos al cair la tarde
en la cocina riunidos,
con el juego bien prendido
y mil cosas que contar,
platicar muy divertidos
hasta después de cenar.
34
Y con el buche bien lleno
era cosa superior
irse en brazos del amor
a dormir como la gente,
pa empezar el día siguiente
las fainas del día anterior.
35
Ricuerdo ¡qué maravilla!
Cómo andaba la gauchada
siempre alegre y bien montada
y dispuesta pa el trabajo…
pero hoy en día… ¡barajo!
No se la ve de aporriada.
36
El gaucho más infeliz
tenía tropilla de un pelo,
no le faltaba un consuelo
y andaba la gente lista…
teniendo al campo la vista,
sólo vía hacienda y cielo.
37
Cuando llegaban las yerras,
¡cosa que daba calor!
Tanto gaucho pialador
y tironiador sin yel.
¡Ah, tiempos… pero si en él
se ha visto tanto primor!
38
Aquello no era trabajo,
mas bien era una junción,
y después de un güen tirón
en que uno se daba mana,
pa darle un trago de cana
solía llamarlo el patrón.
39
Pues vivía la mamajuana
siempre bajo la carreta,
y aquel que no era chancleta,
en cuanto el goyete vía,
sin miedo se le prendía
como güérfano a la teta.
40
¡Y qué jugadas se armaban
cuando estábamos riunidos!
Siempre íbamos prevenidos,
pues en tales ocasiones
a ayudarle a los piones
caiban muchos comedidos.
41
Eran los días del apuro
y alboroto pa el hembraje,
pa preparar los potajes
y osequiar bien a la gente,
y así, pues, muy grandemente,
pasaba siempre el gauchaje.
42
Vení, a la carne con cuero,
la sabrosa carbonada,
mazamorra pien pisada,
los pasteles y el güen vino…
pero ha querido el destino
que todo aquello acabara.
43
Estaba el gaucho en su pago
con toda siguridá,
pero aura… ¡barbaridá!,
La cosa anda tan fruncida,
que gasta el pobre la vida
en juir de la autoridá.
44
Pues si usté pisa en su rancho
y si el alcalde lo sabe,
lo caza lo mesmo que ave
aunque su mujer aborte…
¡no hay tiempo que no se acabe
ni tiento que no se corte!.
45
Y al punto dese por muerto
si el alcalde lo bolea,
pues ahí nomás se le apea
con una felpa de palos;
Y después dicen que es malo
el gaucho si los pelea.
46
Y el lomo le hinchan a golpes,
y le rompen la cabeza,
y luego con ligereza,
ansí lastimao y todo,
lo amarran codo a codo
y pa el cepo lo enderiezan.
47
Áhi comienzan sus desgracias,
áhi principia el pericón,
porque ya no hay salvación,
y que usté quiera o no quiera,
lo mandan a la frontera
o lo echan a un batallón.
48
Ansí empezaron mis males
lo mesmo que los de tantos;
si gustan… en otros cantos
les diré lo que he sufrido,
después que uno está… perdido
no lo salvan ni los santos.
Un amigo
Alfredo Dornheim
Universidad Nacional de Cuyo.
Notas:
(1) Compárese de aquí en más la bibliografía de Madaline Wallis Nichols, El gaucho, Buenos Aires. 1953, págs. 115-219
[Texto gentileza de El Escarmiento de Domingo Arcomano]
En el significado etimológico de la palabra ‘gaucho’ se nos aparecen las primeras dificultades en el camino. Raíces francesas, árabes, españolas o indígenas sirven para la explicación. De todas las explicaciones, la más aceptable, la de Robert Lehmann-Nitzsche, un literato alemán que trabajó por muchos años en Argentina, es la que expuso en su artículo “Das Wort gaucho” ["La palabra gaucho"] en el Bundeskalender 1929 de la Unión Alemana para Argentina, así como en el tomo aún no publicado de homenaje, dedicado O leite de Vasconcellos, y que proviene de una palabra ibero-gitana gachó, que fue tomada de un estadio intermedio *gaudshó ‘ajeno a la raza’ llevó al gaúdsho andaluz, que luego apareció en el Plata a fines del siglo 18 como gaucho con el significado de “bandido que vagabundea”.
¿Fue por lo tanto el gaucho en sus comienzos o al menos en los tiempos en que esta palabra fue acuñada, un ladrón y bandido vagabundo?
De ningún modo.
Al principio en primer lugar fue el hombre que con el arado de madera en la mano o sobre el lomo del caballo comenzó a colonizar hace más de doscientos años las extensas llanuras y estepas en el este o en las regiones montañosas del noroeste de Argentina, quien desde comienzos del siglo 19 defendió tenazmente al país contra los enemigos externos e internos hasta que se logró la independencia y soberanía política y quien, en sentido étnico, se había moldeado de los conquistadores españoles de los tiempos de la conquista y de la colonización en permanente contacto con la población autóctona indígena de su entorno. Las guerras civiles de varias décadas y las campañas militares contra los indígenas -que perduraron aún hasta aproximadamente 1870- contribuyeron a “desmoralizar” de hecho al gaucho, como escribió nuestro informe alemán del año 1851.
El gaucho había sido en primer lugar un soldado por naturaleza, pero lleno de ideales humanos y políticos, que daba todo de sí por la libertad personal o la de su país y se sacrificaba incondicionalmente. Y cuando se creó la palabra ‘gaucho’ en El Plata, es decir, en la zona de Buenos Aires, me parece más que probable que fuera pronunciada primero en aquellos círculos patricios españoles de la capital que en aquella época aún podían defender con éxito su propio poder frente a los movimientos independentistas de los insurrectos con conciencia nacional. Para el parecer de aquéllos, los gauchos eran precisamente “bandidos vagabundos” que sin hogar y sin patria agitaban constantemente al país. Aun hoy la locución popular ‘andar gauchando’ - ‘vagar sin rumbo y sin un domicilio fijo’- recuerda esta situación a la que el gaucho efectivamente estaba expuesto en su estilo de vida exterior. Y queda claro que la palabra ‘gaucho’ también fue utilizada entonces en las primeras décadas del siglo diecinueve por los ciudadanos cosmopolitas de Buenos Aires, jacobinos, formados en la Revolución Francesa, con pensamiento europeo y actuaban de forma intelectual enciclopedista, en una interpretación conscientemente despectiva, en especial cuando aquellos hombres intentaban defender en vano la forma de gobierno centralista o unitaria frente a las corrientes federalistas de las fuerzas patriarcales, tradicionales e irracionales de las provincias y, con ello, también contra la masa de los gauchos. Pero, - también aquí se dan paralelos en la historia-, el mote se convirtió rápidamente en una denominación honrosa. El hombre de campo y ganadero luchador -estuviera del lado de la capital o de las provincias- portó con orgullo su denominación‘gaucho’ -como el general gaucho argentino Güemes y sus hombres-, porque recién con esta denominación tomaba conciencia de sí mismo y de su comunidad social, de una clase que en el proceso de formación de la Nación argentina sería de mucha importancia.
Y luego, cuando el gaucho hubo cumplido su tarea, cuando ya estaba consagrado a la muerte como fenómeno social y debió ceder su lugar al criollo de la historia argentina moderna, su imagen resurgió en los vivos colores de la poesía épica y dramática argentina, y en esta poesía se grabó también en el sentido más literal la imagen “definitiva” del gaucho, ya no como representante de una época pasada sino para valer eternamente como arquetipo de la ‘argentinidad’, de la forma de ser argentina en sus formas ideales.
Es confusa la cantidad de obras y ensayos que se ocupan del gaucho como figura literaria. En su 13° año, sólo el Archivo Iberoamericano de abril de 1939 menciona 806 publicaciones que en el sentido lírico, épico o dramático pertenecen a la literatura gauchesca o que asumen una posición crítica respecto a esta literatura (1). Por supuesto que con ello ni remotamente es agotada la bibliografía gauchesca más antigua. Sería imposible dedicarse aquí a esta bibliografía, pero permítanme al menos de pasada reseñar algunas de las obras más importantes de los tiempos más recientes:
Mientras que el libro “Las Corrientes Literarias en la América Hispánica” de Pedro Henríquez Ureña, aparecido en el Fondo de Cultura Económica, Méjico- Buenos Aires, 1949, ofrece un pantallazo corto de orientación general, los dos primeros tomos de la gran historia de la literatura argentina (Historia de la Literatura Argentina) de Ricardo Rojas -última edición Buenos Aires 1948- pueden ser considerados como una descripción exhaustiva de toda la literatura gauchesca, que relaciona el desarrollo histórico de una época literaria con sus contextos geográficos, nacionales y lingüísticos, y que no concibe al gaucho como un fenómeno racial en el sentido materialista, sino como un prototipo ideológico que desarrolló un estado de ánimo propio en el hábitat del paisaje argentino, que reflejó sin par en las obras de su poesía. En la Colección de Textos Literarios, Buenos Aires 1945, 2 edición, Eleuterio P. Tiscornia interpreta con precisión filológica las obras de los tres primeros autores importantes de la literatura gauchesca: Bartolomé Hidalgo, Hilario Ascasubi y Estanislao Del Campo, mientras que en su obra de dos tomos “Muerte y Transfiguración de Martín Fierro”, Méjico-Buenos Aires 1948, Ezequiel Martínez Estrada interpreta la principal figura de la última y más importante epopeya gauchesca de José Hernández a partir de la gran relación entre el hombre argentino y el paisaje argentino, y con ello ofrece una especie de radiografía histórico-morfológica que en sus trazos esenciales es sin embargo una denuncia de la argentinidad actual.
Un decisivo paso adelante en la interpretación de la figura del gaucho y de su obra representativa, precisamente del Martín Fierro de Hernández, lo dio asimismo, finalmente, el libro del filósofo bonaerense Carlos Astrada, El Mito Gaucho. Martín Fierro y el Hombre Argentino, Buenos Aires 1948, que en su mejor creación literaria pone al gaucho en el desarrollo de contextos indispensables de la psicología social e historia de las ideas, circunscribe estos contextos al ‘paisaje mítico’ argentino y caracteriza desde esta situación el arquetipo del hombre argentino, que nació en el suelo originario de la figura del gaucho y que a futuro determinará el semblante ideológico- espiritual de la Nación argentina.
En su libro “En Torno a José Hernández”, el escritor español José Martínez Ruiz, “Azorín”, a pesar de toda la originalidad lírica de su forma de pensar y de describir, había identificado antiguamente las profundas conexiones entre lenguaje artístico y lenguaje popular, entre poesía artística y poesía popular, entre el Martín Fierro y sus fuentes ideológicas y naturales desde el punto de vista iberoeuropeo. En su libro, Astrada sigue estas fuentes desde el punto de vista sudamericano, pero trasunta la sustancia viva del Martín Fierro del ámbito de la percepción puramente estética de Azorín a la de la ‘realidad mítica’, una apreciación ‘moderna’ que encuentra sus modelos en la psicología de Jung, en la investigación mitológica del científico en religiones Karl Kerényi, y en la obra épica de Thomas Mann (…)
(…) Desde su aparición en el año 1872, del Martín Fierro emanó un fuerte impulso ontológico, lo que precisamente es destacado hoy siempre de nuevo por la crítica, como por ejemplo lo expresa el filósofo argentino Carlos Astrada en su libro El Mito Gaucho:
“Someterse a la ley del propio destino sin traicionarlo y transformarlo, es la mayor exigencia tanto del individuo como de la humanidad, cuando éstos son concientes de su envío y están decididos a concretar el programa de su vida que presupone su simple existencia histórica. En este sentido el inteligente requerimiento de Martín Fierro es una exhortación a los argentinos que nos es transmitido como un gran ejemplo, que satisface absolutamente esta ley en cada uno de sus actos así como en la totalidad de su comportamiento”.
Y en este sentido podemos interpretar también las palabras de Martín Fierro, que lo acompañan en todos sus caminos:
“…firme en mi camino
hasta el fin he de seguir:
todos tienen que cumplir
con la ley de su destino.”
Sopla algo del espíritu de Karl Moor de “Die Rüuber” de Schiller en esta obra. Podría intentarse aplicar las palabras que Schiller escribió 90 años antes de la aparición del poema épico de Hernández y su conocida introducción a los Rduber a la figura de Martín Fierro: “Conceptos erróneos” -escribe Schiller-,
“Conceptos erróneos de obrar e influencia, una magnitud de fuerza que desborda toda ley naturalmente debían frustrarse con las conductas burguesas, y a estos sueños entusiastas de grandeza y eficacia sólo se le podía unir la amargura frente al mundo no ideal, así acabó el singular Don Qujjote, a quien detestamos y amamos, admiramos y compadecemos en el ladrón Moor”.
Si Martín Fierro representa en los hechos una especie de figura de Karl Moor, que debido a un orden superior y a un derecho superior se coloca fuera de las leyes humanas y desafía al mundo “no ideal”. Un “soñado” en el sentido del héroe de Schiller ciertamente no es. Tampoco tiene falsos conceptos de obrar e influencia sino ideas muy reales y sanas de orden social y legal. Su vida tampoco se frustra como la de Karl Moor, en “comportamientos burgueses” conservados por siglos, porque estos “comportamientos burgueses” ni siquiera existen en su ambiente. Contra lo que se dirige es contra la aplicación incorrecta y arbitraria de las leyes, que en la organización de un País naciente lesiona las leyes fundamentales naturales del hombre y lo pone en manos de una burocracia que no creció en el propio suelo. Y Martín Fierro no sólo se defiende de algo que constituye una injusticia sino que lucha por algo que aún no está, que alguna vez será. Su vida no es rebelión contra un orden tradicional sino que es una víctima de la falta de orden que surgió de la colisión de dos mundos. Y mientras que el ladrón Moor reconoce al término de su vida “que dos personas, como él, arruinan y dirigen toda la estructura del mundo de las costumbres, como Moor desde esta perspectiva se presenta ante los tribunales, el gaucho Martín Fierro, a pesar de todos los avatares de su destino, mantiene su fe en la victoria de su justicia. Pero no lucha en vano contra los molinos de viento porque él cree en ello, que éstos caerán por sí solos como sacrificio del tiempo. Del mismo modo que sus hijos y el hijo de su amigo Cruz, desaparece al final del poema épico en el infinito de la pampa, del paisaje argentino:
“Después de los cuatro vientos
los cuatro se dirigieron.
Una promesa se les dieron
que todos debían cumplir;
mas no la puedo decir,
pues secreto prometieron.”
Considero que en estos versos radica la diferencia fundamental con la figura de Karl Moor de Schiller. El ladrón Moor sabe que violó los órdenes de su mundo y él mismo se sujeta a las leyes morales de este mundo. El Gaucho Martín Fierro, sin embargo, le da la espalda al ‘orden’ sin ley de la capital en la conciencia de que la culpa que él carga no es la propia. Su ‘paisaje mítico’, la pampa, lo acoge bondadoso nuevamente. Retorna allí de donde vino, se identifica con el paisaje al que pertenece orgánicamente, que constituye una parte de su esencia y de su ser, y que un día deberá construir el futuro de su país y será. Su época aún no está madura para el orden de hombres libres. Así lleva su legado y, a través de sus hijos, los consejos que les transmite, de vuelta a la silenciosa inmensidad de su país y le confía a este país su “promesa”, su “secreto” que el futuro algún día descubrirá y realizará. Con este obrar de lo más poético y simbólico de Martín Fierro termina la obra. Un velo cubre el destino de este gaucho y de su clase. Esparcido sobre el suelo originario de su país, se convierte en la simiente de un nuevo futuro.
Y en los hechos, cuando Hernández escribió su Martín Fierro, el gaucho como tipo histórico social estaba por desaparecer, no tan perseguido como una persona que era peligrosa para el orden, sino como representantes de una raza inferior que vivía en el interior del país y era despreciado en el mundo cultural europeo de la capital Buenos Aires. Pero sin embargo permaneció vivo en su literatura, y de la poesía épica pasó a la poesía dramática y en especial a la novela de su país y de su continente. Desde el comienzo de la primera Guerra Mundial la crítica reconoció la importancia del gaucho y de su literatura, del gaucho no como individualidad, como quisiera parecer, no como persona con aspiraciones espirituales o teóricas superiores sino como una persona cuya filosofía se constituye modesta y sencillamente de reglas de experiencia prácticas, que encomienda su futuro a la voluntad divina y que sólo conoce el fin de vivir según su propia naturaleza con dignidad dentro de una comunidad social que satisfaga su esencia, la de un hombre de carácter auténticamente sudamericano.
Lo típicamente sudamericano de esta literatura gauchesca es sin embargo aquella relación peculiar de naturaleza y espíritu, aquella síntesis de naturaleza originaria y un mundo fuertemente limitado en lo espiritual religioso, de paisaje americano y en sus bases de espiritualidad íbero-europea. Eso se vuelve especialmente notorio cuando comparamos alMartín Fierro con sus antecesores épicos. Porque en el Martín Fierro se atraviesa la imagen concreta natural de una cultura argentina temprana de forma distintamente fuerte de contenidos concientes éticos-espirituales que en las obras de Hidalgo, Ascasubi y Del Campo. Y así podemos formular nuestro interrogante, planteado anteriormente, acerca del parentesco de esencia y elección con el mundo de Goethe en el sentido de que en esta literatura argentina se repite la misma esencia clásica orgánica que era propia del humanismo de Goethe, y que en esta fuerza vital espiritual-natural de esta literatura podría revivir la cultura griega clásica con contenidos nuevos, originales. ¿O se trata aquí simplemente de una estructura de sentido general que se encuentra siempre al principio, clásica naif, de un grado de desarrollo necesario de la historia cultural, que apareció en la literatura popular argentina del siglo 19 y que hoy en día ya puede verse superada, así como el clasicismo europeo fue reemplazado por tendencias estilísticas modernas?
Sólo queremos formular esta pregunta que otros interpretaron en el sentido de un helenismo futuro sudamericano (véase Víctor Frankl, Goethe e Hispanoamérica; en Revista de las Indias, Num. 110, Bogotá, Julio-Septiembre 1949, p. 208-209), no responderla unívocamente. Pero queremos reconocer de ello que también la literatura gauchesca ocupa un lugar eminentemente importante en la estructuración y desarrollo cultural que recorrió la Nación argentina en los 143 años de su surgimiento.
Damas y caballeros: Se cerró el círculo que condujo de la Enciclopedia alemana del año 1851 a la interpretación del gaucho por Carlos Astrada en el año 1948. Una cadena del desarrollo resurgió ante nuestro ojo intelectual no sólo un desarrollo de la literatura gauchesca misma, partiendo de lo originario, de lo concreto primitivo de este mundo, avanzó hasta las últimas profundidades ideológicas y espirituales de concepciones y formas de expresión poéticas, precisamente de los contenidos originarios psíquico míticos, sino también un desarrollo de la crítica literaria, de una crítica que buscó estas capas profundas del espíritu del gaucho y las utilizó ejemplarmente para la propia imagen del mundo y esencia de la argentinidad. Y esto es lo que les quería mostrar especialmente en mis intervenciones.